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Concurso EDL-RNE · Relato radiofónico · Seleccionados

Escuela De Letras

Yo creo que se equivocaron,
esto ya me lo habían dado.
China Zorrilla

Bases del concurso PREMIO DE RELATO RADIOFÓNICO (EDL-RNE): seleccionados


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MONALDA Y CRISTALDA, LAS COMPLEMENTARIAS

Por Santiago Moya Aliá
(finalista de febrero 2009)

Nos cuentan los testimonios escritos que Cristalda se construyó a imagen y semejanza de su recíproca, llamada Monalda. También explican que algo se torció tras esa original epifanía, porque con el transcurso de los años  Cristalda se fue convirtiendo en algo parecido a una ciudad  complementaria de Monalda.  Ambas yacen aún hoy a ambos lados de una infranqueable garganta, cuyo río resuena, fragoroso y secreto, kilómetros abajo.

Pocos sabrían decir realmente si Cristalda fue generándose paralelamente a su hermana mayor, o si en realidad el mismo día en que Monalda se constituyó como ciudad, simplemente surgió de entre las peñas de la vertiente opuesta, de manera especular.

Lo cierto es que Cristalda parece querer constantemente poner contrapuntos y contrapesos : por cada jardín que se construye en Monalda, en Cristalda aparece inadvertidamente un solar; por cada parterre allí, una escombrera allá; las cúpulas y torreones de una se ven tercamente correspondidas por pozos y excavaciones en la otra ; la simétrica ubicación geológica de ambas en el valle hace que, mientras que en una el sol invade calles y plazas, la otra permanece en la fresca umbría, y a medida que el astro avanza se va cumpliendo la inversa. Tan sólo al breve momento del mediodía parecen equilibrarse los claroscuros, pero esto escasamente dura un minuto, como si esa irritante homogeneidad les fuera inconcebible.

También se ha comprobado que, por una veleidad gravitatoria del planeta, hay un ciclo de siete años en los cuales el hondo torrente prefiere alimentar más a los acuíferos subterráneos de Monalda , y entonces ésta se va poblando de pozos y surgencias, afloran las aguas por doquier, se colman fuentes y estanques, y la ciudad deviene fértil  húmeda  orgánica  insalubre; exactamente en la misma medida en que Cristalda se deshidrata progresivamente y la sequía se apodera de cultivos y parcelas. Pero esto dura exactamente siete años, tras los cuales Cristalda va recuperando sus feraces verdores y rellenando albercas y lagunas, que por el contrario en Monalda tienden a desecarse.

A lo largo de las épocas, incontables y lógicos intentos de interrelación se han producido entre ambas : amagos de invasión, de emigración, de expedición, de anexión; todos en vano. Una rara maldición parece querer separarlas, aunque a la vista una de la otra siempre han permanecido.

Recíprocas migraciones de sus habitantes se produjeron cíclicamente; unas, huyendo de pestes y plagas que menudeaban en la ciudad húmeda; las de enfrente, buscando alivio a su mortífera sequía. Unos y otros con la vista codiciosa puesta en la ciudad del lado opuesto, la que hubiera resuelto sus respectivas cuitas. Pero no se conoce el éxito en ninguna de estas empresas : la ancha garganta ha resultado siempre infranqueable por más kilómetros recorridos en busca de una pasarela que cruzara al otro lado. Se sabe de cientos de intrépidos espeleólogos de la Monalda húmeda que perecieron  ahogados en los insanos pozos del subsuelo, en busca de ese mítico pasadizo que desembocara en la Cristalda seca. Y no se ignora que un número similar de infortunados anónimos cristaldianos intentaron en vano una empresa similar.

Asimismo hubo un tiempo en que los habitantes de Cristalda encendían fogatas en las piras de sus colinas a la manera de los antiguos fareros o piratas, con la intención de obtener respuesta de los monaldianos. Sin embargo, cada fuego que se apagaba en Cristalda al instante tenía su correspondiente en Monalda, de la misma intensidad y duración. Esto, que en un principio se había entendido como mutuo acercamiento, derivó en incomprensión, acabando por interpretarse como una burla. Nadie entendía los mensajes lumínicos del otro, ni el porqué de su perfecta simetría.

Quizá ignoraban que por cada luz encendida en Monalda, misteriosamente otra se extingue en Cristalda y viceversa, como siguiendo una pauta inexorable.

Finalmente, Cristalda y Monalda terminaron por darse la espalda, y largas décadas llevan ignorándose con rencor.

Sin embargo, mágica es la relación  que las une de forma latente.

De seguro desconocen sus habitantes que por cada nuevo infante que nace en Cristalda, un desfile mortuorio surca las calles de Monalda. Que cada muchacha monaldiana cuyo corazón es partido por un amante cruel, provoca un súbito arrebato amoroso en una sorprendida joven de la ciudad complementaria.

Hay quien incluso afirma que si un vagabundo desahuciado desaparece en Cristalda, reaparece al instante en Monalda, desmemoriado y pujante, desnudo y vigoroso, con imparable afán por recomenzar su vida.

( Pierre Menard , "Las ciudades divisibles" )
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EL ORIGEN INESPERADO

Por Javier Rodríguez Sánchez
(finalista de Enero de 2009)

El veintiuno de agosto de dos mil ocho un grupo de arqueólogos del New Science de Londres se adentraron en el corazón de África, donde, hasta ese momento, se creía que se encontraba el extraño origen del hombre.
Después de tres meses de búsqueda y excavaciones, los arqueólogos encontraron los restos de uno de los antepasados más antiguos del hombre, al que llamaron Australopitecus Ramidus.
Tras este hallazgo, volvieron a Londres, sin ánimo de descubrir nada nuevo en este fósil humano.
Pasaron semanas, y los arqueólogos, tras analizar los restos con carbono 14, se llevaron una gran sorpresa al ver que el mono tenía más de siete millones de años, lo que atrasaría la fecha del nacimiento de la raza humana mas de un millón de años de lo que hasta entonces se pensaba, siendo este ejemplar el más antiguo de todos.
Pero descubrieron algo muchísimo más sorprendente: moléculas extraterrestres en el cuerpo del australopiteco, también halladas en un meteorito caído en La Tierra durante el s.III a.C. en el norte del desierto de Arizona. Esto abría las puertas a la posibilidad de que el hombre no se hubiera originado en La Tierra, sino en un planeta extraterrestre.

El grupo volvió a África poco después, invirtió mucho dinero en el proyecto, con el fin de conseguir una nueva pista que indicara de donde provenía el hombre, para ello contrataron grupos de excavación, ingenieros y más arqueólogos…
Estaban ya desesperados, deseosos por regresar de nuevo a su hogar, pero encontraron  algo más por casualidad. En una cueva en el fondo del valle hallaron un diario. Parecía muy antiguo porque estaba viejo y casi indescriptible, pero curiosamente en la portada había dibujos de figuras parecidas a humanos modernos. Abrieron el diario y en cada página que pasaban solo había símbolos extraños. Pasando y pasando las hojas encontraron unas fotos donde aparecían esos “humanos” cuidando monos, enseñándoles a hacer cosas, dándoles de comer. Lo más sorprendente apareció entre la última página y en la contraportada, era algo parecido un DVD , pero mucho más pequeño.
Los informáticos se pasaron dos días intentando formatear el disco y al fin  consiguieron hacerlo compatible con un sistema actual. Lo introdujeron en un ordenador y todos pudieron ver las imágenes en las que aparecía un hombre calvo y vestido con un extraño traje de algo parecido al aluminio, hablando en latín delante de un cartel.
Los arqueólogos especializados en idiomas tradujeron lo que el hombre decía y los resultados fueron los siguientes:
“Bienvenido a Empresas científicas Lectium, este es un mensaje en latín, esperamos que esta sea vuestra lengua, ya que es la que hemos previsto que desarrollaréis a lo largo del tiempo. Nuestra empresa ha estado trabajando en un proyecto llamado “clon”, se trata de una gran inversión en la cual hemos conseguido cruzar células semejantes a las de nuestro cuerpo para crear un cuerpo semejante al nuestro, más tarde os enviamos a un planeta de crianza llamado “Incubadora”, donde os debéis encontrar en el momento de escuchar este mensaje. Nuestros objetivos son conseguir vuestro buen y rápido desarrollo para incorporaros al mercado de nuestro planeta, donde seréis considerados mano de obra esclava para contribuir al desarrollo en la construcción de nuestro gran imperio “Abélica”, conocido por toda la Vía Láctea. Consideramos que vuestro periodo de preparación será de 7 millones de años, tiempo que creemos ideal para vuestro desarrollo idóneo a la consecución de nuestros fines, pasado este tiempo, iremos a recogeros en masa. Nuestros cálculos nos indican que seréis aproximadamente unos 6.500 millones de clones, cantidad idónea para conseguir de vosotros nuestro fin último. Las coordenadas del punto de encuentro están en la contraportada del diario. El conocimiento de este mensaje por vuestra parte está previsto, y se producirá, por voluntad del propio documento, poco tiempo antes de nuestro regreso, ya que consideramos que es mejor para nuestro fin que vuestra voluntad se vea minada por el descubrimiento de vuestra procreación inicial, originada por alguien superior a vosotros con un fin determinado  …..  ”
Tras unas interferencias terminó el mensaje.
Todos quedaron estupefactos después de ver el mensaje, un documento de tal importancia cambiaría todos los cimientos conocidos sobre la creación del hombre. La idea que teníamos de Dios era solo aproximada a la realidad que aclaraba este documento, un ser superior nos creo, tal como siempre nos transmitió nuestra religión, pero solo para servirse de nosotros como esclavos. Esta revelación hundiría todos los fundamentos de la religión, sería un golpe extremo para toda nuestra raza.
Haciendo cálculos, los científicos dedujeron la fecha exacta del posible regreso de los “creadores”, exactamente debería ocurrir el seis de Junio del dos mil diez.
A partir de ese momento, y ante la gravedad del asunto, los mandatarios de los países mas poderosos del mundo se pusieron de acuerdo y formaron un gigantesco ejercito, más de mil millones de habitantes de la Tierra dispuestos a luchar por la libertad de su planeta.
Hasta que por fin llegó el día exacto, hacia mucho calor sobre lugar del punto de encuentro, la ciudad de París. Millones de soldados estaban reunidos allí, perfectamente formados y unidos para defender su planeta.
Eran los siete de la tarde cuando empezaron a divisarse enormes sombras que oscurecieron los cielos de la vieja ciudad a orillas del Sena.
Todo fue inútil, al cabo de unos meses todo estuvo bajo control, en el solitario planeta solo quedó un pequeño reducto de vida, 1 millón de personas habitaba ahora el planeta entero, el germen suficiente para que a su regreso pudieran recoger una nueva remesa de esclavos para engrandecer su gran imperio en expansión.
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NI RATÓN VIVO NI RATÓN MUERTO

Por Isabel Fernández
(Finalista Diciembre de 2008)

Era una pitón extraña. Pasaba casi todo el día sola y escuchaba música. Sí, estas serpientes tienen un sentido limitado del oído, pero la música también es tacto vibrante. Carlinhos Brown la regozijaba sin disimulo. Durante el día pasaba horas y horas colgada de la hueca rama de eucalipto mientras se balanceaba al ritmo de la batucada. Era una excelente trepadora. Tenía muchos discos de ambientes naturales. Cuando sonaban torrentes de agua aguardaba a remojo en su cubeta.

Un día la sorprendí con la cabeza escondida y enroscada como una bola. El repertorio de ese día había sido ¿Simios en la selva¿. Pobrecita. Sentirse amenazada de este modo en el salón de mi casa. En otra ocasión dejó de comer y se mantuvo así al menos tres semanas. Ni siquiera se mostraba activa al anochecer. Tras descartar una enfermedad e intentar variar la dieta, me di cuenta de que se había saturado de romanticismo crepuscular. Rachmaninoff la emocionó demasiado y traté de evitarlo para no embargarla. Pasada la vorágine melancólica recuperó el apetito con un peculiar disquito de sonidos del campo extremeño. No se pudo resistir a los balidos, graznidos, mugidos, relinchos, gruñidos, cencerros, cascabelillos y silbidos de pastores y especies domesticadas triscando por el campo.

Otros cinco días estuvo sin salir de su oscura gruta, preparada en una esquina elevada de su terrario. Fue a causa de mi favorita banda de rock. Supuse que se había sentido amenazada por las invasiones apocalípticas de vida extraterrestre que proclaman sus letras. Decidió esconderse a consultar su oráculo particular, evitando ver cómo me abducían mientras daba brincos. Debía mantener un exquisito cuidado con la selección musical.

Fue fácil acogerla en un terrario transparente y cálido, junto a la chaise longe. Había nacido en cautividad. Llegó a casa con 45 centímetros y en poco tiempo alcanzó casi el metro y medio. Era gruesa, y una vez que superamos nuestra timidez me dejaba acariciar sus 12 centímetros de diámetro robusto. Sí, la sacaba de su jaula de vez en cuando. Aunque fuéramos dos solitarias, le agradaba mi calor, mi olor, y a mí su complacencia. Sólo nosotras. Me hipnotizaba recorrer los dibujos de sus escamas. Sentía un punzante alborozo cuando se enroscaba con indisimulada presión alrededor de mis extremidades.

Todo era gozoso, me satisfacía cuidarla y su presencia me otorgaba oportunidad de evocar ambientes salvajes donde las reglas no las ponen los hombres. Prefería comprar los ratoncillos ya desnucados, los depositaba en el sustrato del fondo. Yo apagaba la luz y no quería saber más. Me cuesta observar a los carnívoros cuando comen. Uno de estos, un amigo que se ocupó en vacaciones, llegó un día con un regalo para la pitón. Y no se trataba de un tocón nuevo para trepar y descamar su camisa vieja. Era un ejercicio, un hámster vivo. El espectáculo fue indescriptible y audible, según me dijo. A partir de ahí no quiso probar ningún otro ratoncillo blanco aniquilado previamente.

Una serpiente tan emocional como la mía había sentido un pálpito de vida axfisiarse bajo la presión de su cuerpo. Aquella sensación no era intercambiable por ningún otro plato. Le acercaba el ratón muerto por la cola y lo meneaba cerca de ella, bisbiseando "Toma bonita, ratoncito vivo", pero no resultaba. Mi amigo me recomendó llegar a un pacto, ni ratón muerto ni ratón vivo, ratón borracho, sólo había que centrifugarlo en el fondo de un cubo. Ahhhhh.

Quizás había idealizado demasiado la vida salvaje. Es verdad que mi única literatura sobre zoología se limitaba a las fábulas y la mitología. Aunque fueran muy terroríficos siempre era posible hablar con esos bichos. Pero pitón se negaba a comprender mis remilgos, ni siquiera con música conseguía distraerla de su propósito cazador. El veterinario me advirtió que las pitones son tontas al comer, pero glotonas. Paciencia.

Se deslizaba por mi regazo, hasta apoyar su morro en mi hombro, olisquear mi cuello y sentir de cerca el calor de mi nuca. Comencé a rechazar sus escalofrios. Sobre todo cuando me quedé embarazada.

Descubrí que aceptaba escarabajos vivos. Ayudó un raro documento de grabaciones sonoras sobre insectos del mundo, grupo no tan silencioso como parece, y cuyo sacrificio me estremecía menos que el de los pequeños roedores.

Juntas engordábamos solas y hacíamos ejercicio. Yo, en la alfombra, practicaba pilates, ella, en su escaparate, abría la mandíbula y extendía su cuerpo como si quisiera sobrepasar las dimensiones de su jaula.

Bajo el síndrome de arreglar la madriguera, preparé la habitación del bebé. Quizás era momento también de cambiar algo en el terrario. Pitón, cada día más fuerte, a veces hacía vibrar la pecera con sus bruscos estiramientos.

Cuando rompí aguas, se zambulló en su pileta y, cuando volvimos Gea y yo, ni siquiera me fijé en ella. El mejor lugar para dar el pecho era la chaise longue, Pitón nos observaba como una ventosa conmovida. Parecía melancólica, dejó de comer.

Esa noche sentí muchos escalofrios pese a ser agosto, y me acerqué muchas veces a su cunita para comprobar su respiración. En el trayecto entre mi habitación y la suya había que cruzar el salón y vi dos sufridos escarabajos huyendo hasta la gruta de corcho. Pitón estaba enormemente dilatada. Mañana la llevaría al veterinario, me dije. Entre sueños escuché un golpe. "¡Cómo no me había dado cuenta. Prepara hueco¡". Grité. Corrí. El terrario había caído al suelo, hecho añicos. Despachurré un escarabajo con los pies desnudos. Me corté con los cristales. Busqué a la pitón en la habitación de mi bebé.

Llegué a tiempo de estrangularla hasta que su pálpito se apagó entre mis dedos desesperados. Casi no podía abarcarla. Mi bebé lloraba y calmé sus hematomas en las piernas con hielo y pomada. Me dolían las manos estremecidas. En su tobillo quedó tatuada para siempre lo que parecía la figura de una pitón.
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NECESIDAD DEL NECIO

Por VÍCTOR GUTIÉRREZ
(Finalista Noviembre 2008)

La primavera llegaba lentamente, dando concesiones al invierno y al verano. Después de un largo insomnio un roble comenzaba a despertar. Se trataba de un árbol robusto de porte majestuoso que superaba con facilidad los veinte metros de altura. De su tronco corto, aunque muy grueso, partían varias ramas, las cuales de manera tortuosa se extendían en todas las direcciones. El color grisáceo de la corteza denotaba que se trataba de un ejemplar viejo.
Sobre sus ramas habitaba un gorrión de plumaje pardo con manchas negras y rojizas. Dormitaba y cada cierto tiempo piaba con el fin de encontrar una amante que le permitiera tener, los que seguramente fueran, sus últimos descendientes. La tristeza del gorrión por no encontrar pareja no pasó desapercibida para el viejo roble.

- ¿ Por qué lloras gorrión?- preguntó extrañado el roble.

- Lloro porque soy tan viejo que ya nadie se interesa por mí, estoy sólo, y no soy más que otra hoja sobre tus ramas.

- No te entiendo, creo que la vejez ha nublado en tus ojos la sabiduría de los años- afirmó el roble-. Sube a la más alta de mis ramas, aquella en la que se encuentra la primera flor de la primavera. Observa y dime lo que ves.

Obedientemente el gorrión voló hasta la más alta de las ramas y se posó a la izquierda de la flor. La rama, verde de juventud, acogió al pájaro con un suave balanceo. Desde ahí se podía observar la extensión del parque. Era un día soleado y la gente de la ciudad había aprovechado para dar una vuelta por el renacido lugar. Más allá de las vallas que limitaban el parque se podía ver el constante tráfico, edificios y más edificios. De vez en cuando se divisiva algún que otro árbol, islote en un mar de cemento. Haciendo un gran esfuerzo el gorrión comenzó a describir la escena.

- Alrededor nuestro hay un par más de robles, grandes, pero no tanto como tú. A nuestra izquierda hay un camino que serpentea entre la vegetación. En él hay humanos caminando - el gorrión se tomó un respiro intentando atisbar lo que el roble quería que viera-. Y no se que más contarte, hasta ahí es donde alcanza mi vista.

- Está bien todo lo que has dicho, mas yo me atrevo a describirte todo con una sola palabra.

- ¿Cómo?- pregunto el gorrión sorprendido.

- Yo lo que veo...- el roble suspiró moviendo todas sus hojas- yo veo vida.

El gorrión quedó en silencio un largo rato analizando en su mente cada una de las palabras del viejo árbol. No sabía por qué pero aquellas palabras le habían hecho sentir un inmenso alivio interior. Pero poco a poco las lágrimas volvieron a nublar la vista del gorrión.

- Pero es tan corta, tan injusta, tan insensible, tan irracional, que sólo puedo pensar en que nacer no es más que empezar a morir. La vida que estoy viendo desde aquí es efímera y bella. Demasiado hermosa para no estar triste si me toca abandonarla.

- Es cierto todo lo que has dicho - dijo el árbol lentamente, sin prisa-. Pero, ¿no es verdad que todo fluye? Nada en el universo puede detenerse, todo vibra. La vida es a la misma vez eterna y finita. Cuando tú te vayas la vida no acabará sino que seguirá constante en un inmenso ciclo como el de las estaciones.

El gorrión no sabía si reír o llorar. Todo cuanto decía el árbol tenía sentido. Cuando él muriera todo seguiría su curso, nada terminaba pues con la muerte. Pero sin embargo había un fin, eso no se podía negar. El tiempo existía y nada se podía hacer para ser inmune a su transcurso.

- Pero a mí, ¿de qué me sirve todo lo que dices? De una manera o de otra me toca abandonar esta vida que tanto me ha costado conservar - dijo frustrado consigo mismo-.

- Nunca te podré negar eso, pero al igual que has aceptado la vida con su felicidad y con su tristeza te toca aceptar la muerte como una etapa sucesiva a la vida. Mientras fuiste creciendo aprendiste, cada momento te enseñó diferentes maravillas del mundo. Es por tanto muy necio cerrar los ojos y decir que no quieres seguir aprendiendo pues, en cada etapa de la vida has descubierto parte de tu verdad.

El gorrión no sabía lo que pensar, no estaba triste y no sabría decir si aquello que sentía era felicidad. Su pequeña cabeza se encontraba saturada ante esa nueva visión del paisaje que se extendía bajo sus alas.

Por el camino que transitaba cercano al árbol corría una chica. Haciendo un último esfuerzo se salió del camino y se dirigió hacia el viejo roble. Extenuada por el cansancio, se dejó caer a la sombra del árbol apoyando su espalda en el grueso tronco. Lentamente, la respiración se fue tornando al ritmo normal. Las gotas de sudor resbalaban por su cara. Con avidez cogió un pequeño botellín de agua, la abrió y bebió dos grandes tragos. En ese momento se percató de un pequeño gorrión que estaba en la rama más alta del roble. En un instante el pajarillo desplegó sus alas y comenzó a surcar el cielo, libre y feliz.

- Si pudiera ser como tú- suspiró la muchacha-, sin preocupaciones ni presiones.

Absorta en el vuelo del pájaro dejó que una suave brisa la acariciará. De repente recobró la conciencia y un gesto de preocupación pintó su rostro. Miró ansiosa el reloj que llevaba en su muñeca y se levantó de un salto.

- ¡Oh no! ¡Se me ha vuelto a hacer tarde!
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