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ESCUELA DE LETRAS

El Crítico es la base de datos de la Revista de literatura crítica de EDL. Dirigida por
Juan Soto Ivars y Julio Álvarez Pineda, El Crítico promueve una crítica cultural y
desvinculada de intereses económicos. Edita: Ernesto Bottini.


Aquí y allí, en otra parte


Por Antonio Ortega
Escondido y visible. Ildefonso Rodríguez.
Editorial Dilema/Escuela De Letras.
Madrid, 2009


Si como dice Chantal Maillard [en Contra el arte y otras imposturas. Pre-Textos, Valencia, 2009], en el origen de la poesía está eso que "en un principio era (fue) el hambre", entonces, al hablar de Ildefonso Rodríguez, habría que decir que en el origen, en el inicio de su escritura, está también el hambre, y más que la necesidad física, esa otra construcción o necesidad intelectual a la que llamamos deseo, un deseo de ir más allá de la presión de los límites. Digamos que, al leer la obra de Ildefonso, a uno le asaltan, como al poeta, las ganas: la boca abierta, el ojo atento y oblicuo, la suspensión de las certezas, eso otro que viene a nuestro encuentro y que sólo llegamos a saber qué es cuando está precisamente llegando y nos alumbra. Así pasa en la lectura de esta “poesía reunida”, ya desde su mismo título, Escondido y visible, pues el lector sabe que se enfrenta al reto de una tensión sostenida, sabe que palabra a palabra, tramo a tramo, fragmento a fragmento, con lo que se va a encontrar es con una "vida irrepetible". Sabe, como dice el propio Ildefonso, que "más allá de la Letra, están la palabra y la vida. La palabra es un animal que siempre dice algo más de lo que yo quiero decir al pronunciarla (dice lo que no está dicho y hasta lo que no está escrito)". Sabe y cree, como sabía y creía Bretón, y así lo dejó escrito, que "La existencia está en otra parte".

Volviendo de nuevo a lo que dice Chantal Maillard en sus consideraciones sobre el origen y el modo de la poesía, Ildefonso también sabe que "El orden siempre es reductor; (que si) se ‘reduce al orden’, se simplifica lo complejo"; sabe que, frente a conceptos y abstracciones vacías, lo importante son los "accidentes"; sabe que "lo que existe no son los conceptos; lo que existe son los individuos. Y los individuos no ‘son’ sino que están-siendo". Estar-siendo, dicho así, en gerundio, móvil y viviente. Así su escritura, un estar-siendo que se verbaliza en las palabras, en una escritura que vela y se desvela en el ser viviente de las cosas. En el ritmo y la vibración de la existencia. Como afirma, de nuevo, Chantal Maillard: "El poeta (...) no comulga con las abstracciones. Y si lo hace suele ser mal poeta. Aquel que para transmitir algo necesita acudir a recursos retóricos tan evidentes como el de las palabras últimas (La Muerte, Dios, el Amor, etcétera) es porque no es capaz de hacerlo de otro modo. Un recurso fácil, palabras grandilocuentes que le abren, al oyente-lector, un territorio demasiado amplio en que todo y nada es posible".

Todos los libros de Ildefonso huyen de recursos retóricos evidentes, de supersticiones numéricas y de medidas, de razones sabidas y de certezas unívocas, de patrones de escritura y de modelos imitables, de ritmos mecánicos. La contradicción y el conflicto, son los ejes del ritmo de su escritura. De la suma de hechos y situaciones, del ir y venir por los nudos de una red, nace el tono y el modo final, en una tensión que recompone, lo distinto y aislado, en lo irrepetible de la existencia. No se versifica, se frasea, en una sintaxis de fragmentos capaces de levantar una melodía vibrante y tensa, un “diagrama de flujo”, que diría John Ashbery. Piezas movedizas, series flexibles, collages múltiples. Dice, de nuevo, Chantal Maillard: "Expresar una experiencia, lograr que el lector-oyente llegue a experimentar algo similar a lo que vivenció quien la describe, ése es el arte de la poesía. Y esto se logra mejor cuanto más singular sea la situación que se relate. El lector-oyente recibirá el impacto por resonancia. A ese impacto es a lo que se hace referencia cuando se habla de ‘verdad’ de la poesía. Tal ‘verdad’ es más directa que aquella que pasa por el puente de las abstracciones. La abstracción es, en realidad, un rodeo innecesario mediante el que se pretende verificar el ser de las cosas. Pasar por la Idea supone la sospecha tanto de la insuficiencia de las facultades perceptivas como de lo que las cosas son en su puro aparecer. Su aparecer no basta para que sean ‘verdaderas’ porque la verdad se define como identidad y en el ‘cosear’ de las cosas no hay identidad sino vibración, ininterrumpida vibración".

Las páginas de esta "poesía reunida", cada una de sus páginas, están en esa vibración. “En el vibrar se sitúa el poeta. En el vibrar con las cosas que, más que ser, están-siendo. Vibrando las prolonga el poeta en la palabra que las dice, que las dice-siendo. En la resonancia de la palabra poética que asimila el ritmo de lo que sucede. Así transmite la impresión el poeta, tal cual se da, para que pueda ser reconocida, en el ritmo. Porque el ritmo no es el compás, sino la forma de ser de las cosas en su aparecer”. Y las cosas no tienen límites, sólo tienen intensidad. El poeta debe tener oído para ese ritmo, debe ser capaz de captar la vibración, la sonoridad de los hechos y de las cosas, su particular forma de vibrar, y debe ser capaz de transmitirlo, de propagar la vibración. Tener hambre y ganas, saberse en el deseo. Así esta reunión, donde lo escondido se hace visible, y lo visible busca su otro lado. La línea brillante del caracol en el vidrio de una ventana.

Este libro, al fin, reúne lo esparcido, lo inencontrable, lo nuevo y lo antiguo. Recupera, desde sus inicios, una escritura independiente y resistente, libros y poemas, poemas y fragmentos, etapas de un viaje que ahora es posible cartografiar, casi como una reunión de azares. Un libro que da forma a la magia cotidiana de un sueño. Una suma de libros que se hace posible aquí, ahora, gracias a “la luz de los encuentros”, gracias a su libre unión. Ya su último libro, Política de los encuentros, y en esto coincidimos con Marcos Canteli, reclamaba casi una lectura retrospectiva de su obra. Y cumpliendo ese deseo, viene ahora, a las manos del lector Escondido y visible, donde se cumple un reconocimiento, y en ese reconocimiento, el placer tiene lugar, como diría, otra vez, Chantal Maillard: “El placer que la auténtica poesía procura al oyente-lector es el del reconocimiento. Y en el reconocimiento, la constatación, tácita, apenas consciente, de que somos más, de que somos muchos, de que no estamos tan solos, pues otro ha sido capaz de mostrarnos algo que hemos conocido, algo que nos es propio y común a un tiempo; nos lo ha mostrado porque él también lo ha sentido, porque “él también”. Es la música del sueño y el pulso en el interior de la vida. Un libro memorable, que imanta, y que atrae como una canción, oída aquí y allí, en otra parte.


Las hojas vivas (Escolio)
Una lectura apretada del autor de Escondido y visible

Por Víctor M. Díez

Una pulsión de narrador y de viajero amamanta al que sueña. El que se despide deja una nota “Carga leche y ladrillos es el Shadow Waltz”. No tengas miedo a decir. Ni a tu doble, ni al espectro que dejas sentado ahí, o te acompaña en los trenes y siempre elige ventanilla para ollar la ribera opuesta. Los pies dentro del río activan la memoria de lo derruido, como señal de la que está siempre cayendo. Un mundo en destrucción. Y una alegría en el miedo. No lo que es, lo que está siendo. No lo que fue, lo que se está yendo. Un vibrato la voz, un sedal de pesca vibrando, la imagen temblando en el sueño. Un duermevela del vigía; del fumador que sentado no puede estar, que pasea de aquí para allá. Libre volador que parece encerrado porque ha creado su mundo y ahora se asfixia porque es perfecto. Él, lo querría más ancho, menos firme, más de otro, más adentro.

Tengo al otro en la palma de la mano y me siento culpable cuando la cierro. Pero no se de qué, si de aplastarle o de que se me haya escapado. Ese soy yo, el deseoso, eterno insatisfecho, amante de las liturgias, que me niego cuando me expreso y me reivindico cuando me pierdo. El laberinto está en mí, pero en mi menor. Ese soy yo, soy tú, el que vendimió y regresó sucio de poemas en la vuelta. El perverso polimorfo que muestra sus juguetes a las niñas, el Hombre de los caramelos, que tenía un almacén lleno de ellos. El que escribe poemas en prosa. El que escribe al trán trán. El que tiene gatos que le miran, el que tocó el diván de Freud cuando creyó que nadie le miraba.

Finalmente el viaje era en redondo, el mundo un palomar, en que la colección de lo visto y lo oído zurea como las voces de los otros en la siesta. La casa es fresca y umbría, ¡Ay!, es caliente y fría. La casa es disfraz, es desliz. El baúl está lleno de esos disfraces que nadie reconocería, como tus trajes abstractos o concretos. El de tuno, el de músico de banda… Pero qué digo yo: eso no son disfraces, son uniformes. “Se le vio…” en la casa de lenocinio, en las carbonerías, en las puertas entreabiertas de los remendadores de cosas, a los que saluda como uno más del gremio. Sus poemas restañen, son remiendo. Y no discutiremos por un quítame allá esas prosas. Un diálogo de cañas en el club de jazz o una conversación de pajas en la era. Agrimensor surrealista, pedagogo de escuela presocrática. ¿Tú mides o no mides? Que preguntan ahora los niñatos. Esta es mi letra de canción para el que esconde y es visible la guitarra.

El corazón es un medio. Una barca que surca lo común: las casas de estudiantes, los locales de ensayo, las redacciones de revista en las cocinas. Lo común es propio, propio de un tiempo. Escribir en un piano a cuatro manos. Tomar de esto y de aquello, volver al colinón. El escritor automático, el proto-secretario, el niño al que se le daban las redacciones. Todos están ahí condensados en la gota sobre el cartoncito, me la tomo y leo.


Textos leídos en la presentación de Escondido y visible, que tuvo lugar en La Casa Encendida el día 3 de abril de 2009.
19-05-09, 19:52 | Autor: Antonio Ortega
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