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Seleccionados: Concurso "Escrito en la nieve"

Escuela De Letras

Oficio curioso el de la literatura:
mientras menos se hace, mejor hay que hacerlo.
Jules Renard

Bases del concurso Relatos seleccionados (Escrito en la nieve)


Aquí os iremos mostrando los relatos seleccionados para participar en el concurso permanente. Si deseas participar recuerda que debes primero leer atentamente las bases

En el mar de irlanda

Por Luis Miguel Rubio Domingo

No sé por qué no me he ido todavía si esta casa glacial me parece cada día más inhóspita. Tú ni siquiera me miras ya, tan diligente con las caricias y atenciones de tu nueva pareja. Se os adivina tan compenetrados, tan felices, que en absoluto me atrevería a criticar que tu nuevo novio se ponga mis trajes o utilice mi deportivo y mis palos de golf. No me importa compartirte. En la cómoda nuestras fotografías testimonian tiempos mejores. Te ocupaste de poner las que nos hicimos en la Isla de Man junto a aquellos recuerdos que adquirimos: la estatua de un gato manés sin cola, como corresponde a su raza; aquel símbolo de origen celta que parecían las tres piernas de un gnomo verde y algunos billetes que atestiguaban la peculiaridad de la relación de este lugar con su metrópoli. Fantaseábamos con ser detenidos y condenados a muerte por nuestro crimen nefando y luego llevados ante la reina Isabel II que nos indultaría porque en el resto del Reino Unido las relaciones entre dos hombres no son un delito. Yo te agradecía esas bromas con una sonrisa que cuando me quedaba solo se tornaba en llanto. Sabía que ya no me querías, que había otro.
No había mucho que hacer, la isla era como un parque temático de las aves marinas y tú, tan andariego, te empeñabas en ir cada día a visitar los acantilados para fotografiar los nidos de gaviota. Era febrero; los hermosos primeros días se volvieron grises y lluviosos. Después el viento se detuvo y comenzó a nevar, una nevada insólita para aquel clima cambiante y marítimo. Quisiste visitar aquellos nidos lejanos. Ibas delante de mí por caminos que ahora eran irreconocibles en medio de un silencio helado y blanco. Nos acercamos a los acantilados. Me quisiste mostrar algo que llamaba tu atención en los peñascos nevados. Te aproximaste lentamente. El frío de tu mano sobre mi espalda es lo último que recuerdo de la Isla de Man.


Las botas rusas

Por Paloma Hidalgo Díez

El fiscal dirigió sus ojos hacia ella, con su impecable traje de chaqueta, el sugerente escote de la blusa de seda rosa y su ondulado cabello color chocolate, parecía pertenecer al bufete que la representaba en lugar de ser la acusada. Estaba serena, relajada y sonriente, absolutamente convencida de que saldría absuelta. Era una mujer bella, pero había algo siniestro en su semblante, quizás fueran sus ojos grises, de acero y fríos como el hielo los causantes del escalofrío que recorrió todo su cuerpo, ese aire altivo y arrogante en sus movimientos le hacía desear que el juicio acabara pronto.
Vania, supuesta agente doble, habría entregado a su contacto en París los documentos que sustrajo de la embajada de Corea en el país galo. Aquella información era de vital importancia en el negocio de las armas nucleares. Las pruebas que obraban en poder de la fiscalía la situaban en Neully sur Seine el día de autos. Ella, por supuesto, lo negaba rotundamente.
Entonces entró en la sala el ayudante del fiscal y le dijo algo al oído, al tiempo que le enseñaba algo escrito.
Ella percibió el sutil cambio que produjo aquella información en él. Buscó qué se le pudo pasar por alto, rememoró aquella tarde de diciembre y lo que hizo. Entonces recordó que nevaba, que necesitó el paraguas para entrar y que a la salida ya había una capa de varios centímetros cubriendo las escaleras de acceso. Su rostro cambió, eso era, las huellas sobre la nieve de sus botas, aquellas preciosas botas rusas con estrellas en las suelas. Dejó escrita su propia declaración sobre la nieve y ahora sabía que alguien la había leído.
Su arrogancia no se vio menoscabada, eso sí, ahora lucía un rubor en las mejillas y su mano nerviosa jugaba con un mechón de su cabello. Decidió cambiar su testimonio, rebajaría la pena.
Nunca supo que el ayudante sólo le dijo al fiscal que ya tenía hecha la reserva para comer con su ex mujer (y firmar los papeles del divorcio) y que en el papel estaba la dirección del restaurante…


Agua

Por Macu

Una pareja paseaba cogida por las manos enguantadas en una de las explanadas cubiertas de nieve del parque del Retiro. Bien arropados con bufandas y gorros, su paso era demorado a pesar del frío. Un niño jugaba con su padre a tirarse bolas. El enamorado sacó lo que parecía ser una navaja del bolsillo y se acercó a un pino, con intención de arañar el tronco. Ella, coqueta y vehemente, detuvo su mano y le dijo algo que hizo que él guardase de nuevo el pincho en su chaqueta. El joven acercó su bufanda a la de ella y se dieron un beso, lana contra lana. El padre apremiaba al niño para irse a casa. El niño no quería.

La muchacha cogió un palo y bajo el pino, dibujó en la nieve un corazón atravesado por una flecha; en los extremos puso dos iniciales. Él, guiando su mano y el palo dibujó bajo el corazón unas gotas. El corazón se derramaba. Ella le abrazó riendo y luego se alejaron. El le pasó el brazo por el hombro y ella se arrugó para pegarse más a su cuerpo.

El niño intentaba hacer una bola de nieve muy grande. Arrasó, sin detenerse a mirarlo, el corazón helado que habían dibujado los enamorados unos minutos antes. “Papá ¿puedo llevar esta bola a casa?”

Cuando llegaron al hogar, el niño corrió a enseñar a la madre su chorreante trofeo: “¡Pero cómo se os ocurre! Mira como estás poniendo el suelo. Tírala al váter”. El niño arrojó a al retrete los restos de la bola mirando embelesado como se deshacían en contacto con el agua. Pero su madre le llamaba para que se pusiese ropa seca, así que fue corriendo para no molestarla más. Mientras el padre recogía con la fregona las manchas de pisadas húmedas que habían dejado en el parquet.


Relato ganador del concurso de "Literatura e hipocondría"

El jurado de la Escuela De Letras, reunido para fallar el Premio de microcuentos "Literatura e hipocondría", ha decidido que el relato ganador es el siguiente:

La aguja

Por Joaquín Valls Arnau

Miguel, quien fuera durante muchos años mi compañero de pupitre y mi mejor amigo, me contó una mañana, camino de la escuela, que cuando su padre era todavía un bebé, un día que andaba gateando por el pasillo de casa se clavó una aguja de coser en el muslo, a escasos centímetros de la rodilla. Puesto que lloraba desconsolado y se frotaba insistentemente en aquella zona con un gesto de dolor, su madre se le acercó y descubrió una minúscula incisión de la que ni siquiera brotaba sangre. Aunque no se alarmaron, le llevaron sin demora al hospital, por si acaso. En la radiografía que le hicieron, podía apreciarse con nitidez la diminuta pieza de acero aproximándose a la ingle. Los médicos, que descartaron de inmediato una intervención por el riesgo que comportaba, expresaron su confianza de que la aguja no llegaría a introducirse en alguna de las venas que conducen al corazón, o a algún otro órgano vital. Desde aquel día vagó a su antojo.

Siempre que me invitaban a ir a jugar a casa de Miguel, no dejaba de observar a su padre por el rabillo del ojo. Aquel hombre de rostro atormentado que iba siempre en pijama, jamás reía y se pasaba todo el tiempo sentado en su butaca, absorto y haciendo como que leía. Cada cierto tiempo se palpaba minuciosamente el cuerpo, siguiendo un orden estricto. Empezaba el recorrido por los tobillos y luego iba ascendiendo hasta que de tanto en tanto se detenía, presionaba sobre la piel con el dedo pulgar y después proseguía hasta finalizar el recorrido en la garganta. Sólo entonces parecía esbozar una sonrisa, que al poco rato se desvanecía.


IDEAS MORTALES

Por Félix Musre

Desde hace un par de meses me dedico a cuidar ancianos en el Hospital Geriátrico. En realidad sólo los entretengo leyéndoles cuentos un par de horas por las tardes. Todo bien de no ser por algo extraño que sucedió con un paciente.

El primer día que asistí a mi trabajo, la enfermera jefa me asigno un anciano que yacía en coma desde hace una semana. Cuando entré en la habitación, las pantallas, instrumentos y pitidos me parecieron propios de un módulo lunar y no de la habitación de un moribundo.

Aquel día me limité a leer la literatura médica acumulada en una pequeña repisa junto a la cama: Manejo de la hipertensión. Depresión del adulto mayor. Diabetes, Verrugas plantares, etc. Todo amenizado con espantosas y explícitas fotografías.

Al día siguiente, la enfermera me señaló enérgica que, por ningún motivo, tocara al paciente pues estaba afectado de unas contagiosas y agudas verrugas plantares.

Fue inevitable pensar que no podía ser coincidencia el que yo le leyera de las verrugas plantares y al día siguiente estuviese muy infectado cuando ni siquiera había salido de la habitación.

Movido por la curiosidad, leí pasajes de “La biblia envenenada” en que se aludía a parásitos africanos.

Como lo supuse, al día siguiente el anciano amaneció infectado con larvas de Anisakis, Tenias y otros gusanos.

Reducido a un despojo agonizante, el anciano estaba desahuciado. Por mi parte no tenía dudas que el origen de sus males era su propia y poderosa imaginación.

Decidido a revertir la situación, me propuse buscar literatura que solo hablara de vida y salud.

Leí Poesía; Literatura de viajes; Aventuras de conquistas; Historias de superación personal y supervivencia

El anciano comenzó a salir adelante lentamente. Tres semanas después mostraba un semblante saludable y, para sorpresa y asombro de los médicos, sería dado de alta unos días después.

No me detenía en mi lectura. Durante dos horas diarias, leía incansablemente hasta que sucedió lo impensable. Leyendo la poesía “El Monje”, al llegar al momento en que el protagonista enloquece por la pérdida del amor, el anciano cayó al suelo con la razón perdida.


A LAS DOCE EN PUNTO: CADÁVER

Por Juan Miguel Sedeño Martínez

Obstinadamente, compruebo la exactitud de mi reloj de pulsera. Se ha convertido en una manía obsesiva, resultado de una deformación profesional que afecta a los médicos forenses.

Sí, está exacto. Marca las doce de la noche. Sigue funcionando, he comprobado que el minutero persiste en su recorrido.

-¡Se ha encontrado un cadáver en la calle Real, en un solar, junto al número siete! –publicó la emisora de la policía.

Voy hacia allí, como de costumbre, con mi viejo maletín y mi gabardina salteada con diminutas manchas de aceite que el tiempo no ha conseguido borrar.

La teniente Rodríguez ha llegado antes que yo. Le miro y la saludo. Parece que no me ha visto. Debe ser muy horrible porque tiene el rostro desencajado y la mirada perdida. Oigo mi nombre:

- ¡García! ¡García, por Dios bendito!

Me agacho para examinar mejor al pobre difunto. Hay gran cantidad de sangre bajo el cuerpo. Un policía le da vuelta. Y entonces, descubro con sorpresa que el cadáver soy yo. No entiendo nada. Miro hacia un lado y hacia el contrario, nervioso, agitado, busco una explicación racional, ¿qué está ocurriendo?... ¡qué está pasando!

Ha pasado una eternidad. Vuelvo a mirar mi reloj, son las doce. El minutero ya no se mueve, pero, ahora, en este momento, ya ha dejado de importarme...


COMPETENCIA DESLEAL

Por Macu

Era llegar a casa y Antonio comenzaba a quejarse de ardor de estómago: decía “tengo una pena aquí” y ponía cara amarga. Yo tenía asumido que se lo provocaba yo, fuese porque nada más verme se le revolvían los ácidos fuese porque se había hecho a la dinámica de “toma una manzanilla y un bicarbonato mientras te preparo algo ligerito”. Después de recorrernos cien especialistas y no encontrarle nada, lo tuve claro: yo era la causa de “su pena” y asumí mi responsabilidad. Seguí haciendo tisanas, comprando antiácidos y pechuguitas de pollo por arrobas. Le ponía la cena, le incorporaba con cojines y le dejé sofá y tele para que pudiese ver esos programas sobre muertes y violaciones que le encantaban. Yo me hice a estar en la cocina, en una silla que compré, más cómoda que las que teníamos; me sentaba y le cogí gusto a leer, sola y en silencio: primero novelas de misterio y amor para acabar leyendo todo lo que me recomendaba la bibliotecaria, que llegó a consultarme sobre libros ¡A mi! Salía sólo para llevarle a Antonio un vaso de agua cuando lo pedía y de paso preguntarle que qué tal, importándome un bledo lo que contestase, porque además ya sabía la respuesta de antemano. Ahí recluida, devoraba un tomo detrás de otro.

Tan absorta estaba en mis lecturas que no di importancia a que Antonio sufriese episodios de aparatosos estornudos y que, a fuerza de frotarse los ojos que decía le picaban, los tuviera rojos como ciruelas. Un día se plantó en casa y me acusó de que había tenido que ir sólo al médico a ver a que se debían esos malestares. Le habían dicho que tenía toda la pinta de ser alergia al polvo. Yo contesté que en casa de eso no había y él señaló la estantería y dijo “Hay libros. Los libros son nidos de polvo y ácaros”. No contesté y esa noche le puse para cenar chorizo a la sidra.

Antonio se fue de casa hace un mes. Yo ahora leo tumbada en el sofá.


EPILEPSIA

Por Atuel

Dejó de preparar la oposición por si le daba un ataque de epilepsia el día del examen. Nunca tuvo novia. Tampoco fue al viaje del Ecuador con sus compañeros de facultad. Nunca le llevaron al parque de atracciones. Creció encogido, controlando cada poro, cada secreción de su asustada piel. Se acostumbró a respirar a medias, a soplar flojito las velas de la tarta, “para no forzar, cariño”, para no despertar al ogro del cuento. A los 25 años y con el fin de curar su enfermedad, le hicieron unas pruebas exhaustivas en las que se descubrió que no podía ser el heredero ni de la epilepsia, ni de la fortuna, ni del buen nombre de quien había creído su padre. A punto estuvo de matar a su madre, la mujer que había permitido que su cuerpo fuera su peor enemigo sólo por ocultar una aventura vivida por el suyo.

Liberado de esa presión tan enorme se marchó a recuperar el tiempo perdido y emprendió viaje por el mundo con una mochila a cuestas. Buscó por cielo y tierra a su padre biológico hasta que, en un pequeño pueblo de Chile, le dieron noticias suyas. Había muerto la semana pasada mientras buceaba en el lago, su gran afición desde hacía años.”“¿Qué de qué ha muerto? De un ataque de epilepsia, ni siquiera sabía que la tenía.” Se fue de allí sabiendo que él tampoco iba a padecerla más aunque muriera por ella, esta vez, de forma benévola y repentina.


La bibliotecaria

Por Gabriel Syme

Llevo quince años yendo a la misma biblioteca, quince años mirando desde la entrada a la bibliotecaria cuyo nombre ignoro, quince años dándole los buenos días con la mímica exagerada de mis labios, quince años sentándome desde donde pueda mirarla sin que ella alcance a discernir si he levantado la vista del libro, quince años acercándole tres libros el viernes por la tarde para que ella ponga el sello de fechas, me los entregue con una sonrisa y poder pasarme el fin de semana soñando en brazos de los cuatro.

Pero hoy lunes no estaba. En quince años sólo había faltado a trabajar en vacaciones, el desértico e interminable mes de agosto. Aunque la he visto envejecer un poco detrás de su pupitre, como yo me he visto envejecer estos quince años en el espejo cuando me afeitaba cada mañana, no es tan mayor como para haberse jubilado.

La semana pasada ella estaba leyendo Martin Eden. Siempre me fijo en lo que ella está leyendo y, al cabo más o menos de una semana, como por casualidad, tomo prestado el mismo libro y me lo llevo a casa el fin de semana. Mientras lo leo pienso que ella ha pasado sus ojos sobre las mismas páginas, sus manos han acariciado el mismo papel, quizá su saliva ha llegado hasta la esquina de una página que se había pegado a la siguiente. Me gusta hundir la cara en el libro, aspirar fuerte e intentar distinguir los olores de la tinta de las fragancias que ella pueda haber dejado en el libro, leyendo mientras cocinaba o fumaba un pitillo o cogiendo el libro para salir de casa justo después de haberse perfumado. Así lo hice este fin de semana, varias, muchas veces: hundí mi rostro en lo único cierto de ella que tenía a mi alcance: Martin Eden.

Pero esta mañana no estaba detrás de su pupitre. Y con todo esto de la gripe A, me pregunto: ¿no estará hospitalizada, acaso en coma, y yo me he pasado el sábado y el domingo aspirando sus mórbidas expectoraciones?


La aguja

Por Joaquín Valls Arnau

Miguel, quien fuera durante muchos años mi compañero de pupitre y mi mejor amigo, me contó una mañana, camino de la escuela, que cuando su padre era todavía un bebé, un día que andaba gateando por el pasillo de casa se clavó una aguja de coser en el muslo, a escasos centímetros de la rodilla. Puesto que lloraba desconsolado y se frotaba insistentemente en aquella zona con un gesto de dolor, su madre se le acercó y descubrió una minúscula incisión de la que ni siquiera brotaba sangre. Aunque no se alarmaron, le llevaron sin demora al hospital, por si acaso. En la radiografía que le hicieron, podía apreciarse con nitidez la diminuta pieza de acero aproximándose a la ingle. Los médicos, que descartaron de inmediato una intervención por el riesgo que comportaba, expresaron su confianza de que la aguja no llegaría a introducirse en alguna de las venas que conducen al corazón, o a algún otro órgano vital. Desde aquel día vagó a su antojo.

Siempre que me invitaban a ir a jugar a casa de Miguel, no dejaba de observar a su padre por el rabillo del ojo. Aquel hombre de rostro atormentado que iba siempre en pijama, jamás reía y se pasaba todo el tiempo sentado en su butaca, absorto y haciendo como que leía. Cada cierto tiempo se palpaba minuciosamente el cuerpo, siguiendo un orden estricto. Empezaba el recorrido por los tobillos y luego iba ascendiendo hasta que de tanto en tanto se detenía, presionaba sobre la piel con el dedo pulgar y después proseguía hasta finalizar el recorrido en la garganta. Sólo entonces parecía esbozar una sonrisa, que al poco rato se desvanecía.


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